En el cielo los colores rojizos se asentaban tenuemente, con un poco más de
intensidad, entre las nubes. Mientras tanto, un tren llegaba a San Petersburgo. Justamente era
ese en el que él había viajado, pero que ahora abandonaba. Y, al hacerlo, le
impresionaron los primeros rayos del día, como si le hubieran estado esperando
para despertarse.
En el sitio más alejado de la estación una chica, con un maletín
en mano, aguardaba con impaciencia. Movía la cabeza de un lado hacia el otro como si, al hacerlo, pasara
más rápido o simplemente apareciera antes de tiempo. Cosa que no iba a suceder,
bien lo sabía ella. No ese día, probablemente tampoco otro. Aunque, claramente,
el tren tenía que hacerlo.
Lo hizo cinco segundos más tarde, ni uno más ni uno menos. En el lugar
indicado, ahí donde le estaban esperando. E, igual como había llegado, se fue, dejando en el ambiente un rastro de humo y de vapor.
Él aún no había apartado la mirada, como si pretendiera encontrar las
respuestas necesarias para luego proceder a escribirlas. Ella aún estaba ahí,
en la misma posición, aún así su rostro exteriorizaba que había dejado de
esperar. Y las rosas, que en un principio habían estado entre sus dedos, ya no
se encontraban ahí. Simplemente, habían abandonado el escenario. Volando hacia
la incertidumbre, junto con una multitud de viajeros con rumbo propio.
Y Violeta se sentó en las vías del tren.
O eso es lo que quedó apuntado, con letra derrumbada hacia la cursiva, en
una libreta de color carbón. Realmente no se llamaba así, pero nuestro
protagonista prefería darle un nombre antes de perderla definitivamente.
Así, Violeta, cruzó las piernas, estática. Tenía los ojos establecidos en
las vías, y no parecía que nada fuera a serle una distracción. Ahí abajo
estaban las flores, y en ese lugar arrojó el maletín, con fuerza y sin ninguna pizca de
duda.
Al fijarse, cuando volvió a levantarla, en el hombre que se encontraba
justo en el punto opuesto de suyo, en línea recta, solo pudo sonreír.
Ligeramente, no mucho. Un movimiento tan pequeño que nadie que no estuviera
delante de ella, frente con frente, no lo habría podido notar. Tristemente.
Entonces la chica de nombre de planta herbácea, reconocida como símbolo de
la modestia, se lanzó hacia delante, temiéndose no reencontrarse con sus
pertenencias o haciéndolo de la forma incorrecta. Aunque no fue así, pues el
siguiente tren llegó. No antes de tiempo. Cinco segundos tarde, de la misma
manera. Se podría decir que ya estaba todo calculado.
Un día se quedaría ciego.
Y él sabía que, cuando llegara ese momento, ni siquiera sería capaz de
percibir las pequeñas flores escondidas, tímidamente, bajo las hojas grandes y
acorazonadas de ese enorme mundo inhóspito.
Me he quedado muy descolocada y al mismo tiempo me ha encantado el efecto de meter al hombre que escribe sobre "Violeta" en una libreta (como no). ¿Se la está imaginando él? ¿O es lo que le gustaría que hubiera pasado? Me parece un recurso muy potente *-*
ReplyDeleteLo que me suena un poco raro es lo de "la chica de nombre de planta herbácea", me ha chirriado un pelín referirse así a ella. Pero por lo demás todos los juegos de trenes y esperas y sobre todo lo que digo del hombre de la libreta me han gustado y me han producido mucha curiosidad!!
"letra derrumbada hacia la cursiva" (¡me encanta esa expresión!) "prefería darle un nombre antes que perderla definitivamente" (¡a qué se refiere! o.o me gusta tampoco tenerlo del todo claro, parece más mágico)
(abrazos eléctricos viv.)
El texto es algo que, si funciona y sigo adelante, será parte de algo más grande. Y no, no se la está imaginando: Violeta es real. Y, ¿pequeño spoiler?, se está quedando ciego, poco a poco, así que lo que hace es describir mientras aún puede ver, y apuntarlo, mientras va viajando.
Delete¡Abrazos de vuelta!
Cambiarle el nombre a alguien para no perderlo... Interesante propuesta...
ReplyDeleteSaludos y Suerte con la escritura.
J.