Recuerdan que había niebla.
Llegaba hasta la orilla y, así, la superaba: pasando entre los agregados de arena que constituían la playa. Y desde pocos centímetros del nivel del mar hasta la cima de lo que sus ojos veían, y seguramente más allá, las pequeñas gotas de vapor de agua empezaban a enfriarse. En medio de los pinos ya estaba más que condensada.      
Todo era como si los árboles gritaran desesperadamente que solamente existían para dejar ver que eran un intento de supervivencia, que agarrarse fuertemente a las últimas piedras que había en su terreno erosionado, solo representara una inmortalidad que nunca sería suya. El símbolo que tan poco honoraban, al fin. Desesperados.
Como si toda esa fuerza vital no fuera capaz de ser representada entre sus raíces porque, pobres árboles perennes, se sentían superados por la reacción de la humedad y de la calidez. Y lo único que hacía el viento, que refunfuñaba suavemente, era dejarlos más descolocados. Aún. O atormentados. Más todavía.
Aun así no se encontraban nubes que amenazaran con desgarrar el cielo, dejando caer su tormenta entre las grietas. Pero el aire que se movía por encima del océano, todo cogiendo velocidad, parecía que iba a comerse hasta el abismo. Hambriento. 
Y su apetito nunca parecía extenuarse, ni menos agotarse. Posible era que lo realmente sempiterno, lo que siempre fuera eterno, no tuviera ni aliento ni alma. Inanimado.

Y de qué estaría capacitada la vida si podía conseguir que le temieran incluso los que residían a las más altas altitudes.

La velocidad del viento aumentó y, seguido, la niebla empezó a elevarse y a desaparecer formando estratos en la primera capa de la atmósfera, empezando a contar por la superficie.
Y cuando ya no quedaba ni siquiera una huella de lo que había sucedido anteriormente, ni tan solo destellos blanquecinos, el sol volvió a brillar. Más fuerte que nunca, intentando ser lo menos fugaz posible.
Por un instante, quizás tan solo una milésima de segundo, no hubo ningún ser vivo con el conocimiento suficiente como para saber si los reflejos pertenecían al orto o al ocaso. Porque, acaso, ¿no cabía la posibilidad de que no fuera ni el uno, ni el otro? 
Y es que si lo paranormal pasara a tener una explicación racional, si de alguna manera el todo se produjera a partir de la nada, junto con una chispa de encanto, no habría manera de que la certidumbre dejara de ser parte de la duda. Simplemente. La magia.
Sin embargo, lo más seguro es que nadie se lo llegara a preguntar. A dudar. A cuestionarse sobre la existencia de esas cosas. Aunque claro que tú, y yo, sí. El problema como siempre es que nunca llegamos en el momento oportuno.

Qué pasaría si en ese mismo minuto las olas del mar fueran al revés. Si en lugar de subir, bajaran. Si volvieran, cuando tendrían que ir. Si se invaginaran en su propio ser, en lugar de exponerse delante de todos.
Y qué pasaría si ahora fueras tú el que se adentra en las profundidades. Es posible que nunca vuelvas a salir, pero no existe la duda en tu vocabulario. Qué pasaría si, de repente, te das cuenta que puedes respirar debajo el agua. Y sí, sigues teniendo pulmones. Y no, no ha cambiado tu forma de respirar.

Digamos que es culpa de la evolución, a pesar de que nunca pueda llegar a explicarlo todo. 

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