- Bienvenidos, cómo ya sabéis la Tierra está a punto de ser destruida.

Si no fuera por las pequeñas luces verdes discontinuas, el pasillo estaría oscuro y nada hubiera indicado el camino a seguir. No tendría por qué agradecer su presencia, pero en ese momento lo hacía instintivamente. Quería ir suficiente rápido como para no perdérselo, pero al mismo tiempo el miedo había quedado demasiado interiorizado. Porque sabía lo que estaba a punto de ocurrir.

- Por favor, seguid la línea verde hasta los cuartos asignados y disfrutad del espectáculo.

La memoria que había obtenido durante su trayecto no era suficiente como para no querer que eso ocurriera, pero sí lo era para sentirse ¿triste? Triste, una emoción rara. No es como si fuera la primera vez que la sintiera, llevaba evitándola desde que salió del ahí. Porque, en parte, estaba atado a esa esfera de tierra y agua, y odiaba sentirse tan indefenso. Como los humanos.

- Tiempo de espera: diez minutos y siete segundos.

Al fin, siempre llegaba ese momento. Tarde o temprano.

La puerta se abrió y, como proseguía el orden establecido, se inyectó el chip en la sien. Esta no era su primera vez, aunque estaban obligados a olvidar todas las que habían visto anteriormente. Era ilegal no hacerlo, les decían, aunque aún no le habían explicado el porqué.

Tienden a querer borrar los recuerdos siempre: al final es como estar dentro de una película de terror, solo recuerdas las sensaciones. El dolor. Pero esta no, esta para él tenía que ser diferente. Porque aún no había empezado la película y ya había suficientes lágrimas que le estaban amenazando con caer. Esta vez iba a recodar. Eso era lo que había prometido. Aunque pusiera en peligro sus vidas. La suya misma.

La habitación era pequeña, tampoco es que necesitara mucho espacio. En la mitad de esta habían situado una cama, que parecía más bien una extensión de un sofá. En un rincón había una nevera: la costumbre hacía que casi siempre tuviera vinos de variedades y planetas diferentes. Ese día los cuatro eran de la Tierra, irónicamente. Y toda la pared era la pantalla.

- Dos minutos.

Se sirvió una copa de una de las botellas, de denominación de origen de la Toscana, para luego sentarse en la cama. Esto le iba a suponer un gasto mayor de lo que había supuesto cuando había entrado en el cinema, porque sabía que no podría parar. Tampoco es que fuera una ocasión para mantenerse sobrio.

- Un minuto. –La cuenta atrás estaba a punto de llegar a su fin.

En menos que canta un gallo, casi sin poder cerrar y volver a abrir los ojos, empezó la publicidad. Primero recordaron que no se podía salir de la habitación hasta que no acabara; aunque, como todo el mundo sabía, sí te permitían apagar o paralizar la reproducción. Luego aprovecharon para recordar cuáles serían los siguientes espectáculos. Aunque tampoco es que el mundo pudiese permitirse más de una al mes.

- La Tierra, que hasta hoy en día se encontraba a más de mil años luz, en sus días gloriosos tardaba cinco por ciento menos del tiempo a dar la vuelta a su estrella comparada con nuestro planeta –empezaron a explicar, con voz en off–. Con un poco más de cinco mil millones de años, los humanos nunca habían conseguido suficientes generaciones como para dejar de romper récords viajando por error.

La humanidad nunca iba a tener la oportunidad de comprender toda la diversidad que contenía el universo que ellos desconocían.

- ¿Pero creéis que ellos hubieran tratado mejor otro planeta, otra Tierra, un segundo hábitat? Nosotros creemos que no.

Aunque nadie te lo podría asegurar. A veces hay quienes aprenden de sus propios fallos y dejan de tropezar con la misma piedra.

El planeta empezó a descomponerse mientras los océanos hervían a cámara rápida. Se lo estaba comiendo el vacío, literalmente. Habían cosas que en las reproducciones nunca se veían: como la gran cantidad de partículas y antipartículas que aparecían y desaparecían mientras luchaban para sobrevivir, pero solo consiguiendo cancelarse unas a otras. La atmósfera desapareció y el espacio entró en contacto con todo lo que quedaba por debajo. El descontrol de ese vacío suponía una fuente de energía demasiado grande como para luchar en contra. O al menos ellos no hubiesen podido.

Todo le pasó más rápido de lo que en realidad fue, igual porque los gritos no se escucharon y en su lugar habían puesto música de fondo. Cuando se acabó eso que llamaba pasatiempo y la puerta se desbloqueó, le inundó la incapacidad de dejar de temblar. Como era de suponer: el vino se había acabado, y él casi se había deshidratado a causa de las pérdidas.

Podríamos ganar mucho dinero con este negocio –le había prometido su hermana, tiempo atrás–. Igual ahora no lo ves, pero ya sabes cómo es la gente. Por dónde se mueve, cómo les gusta el dolor externo. Vamos a crear una novedad que nadie querrá perderse.

Pero lo que nadie le había contado es que le obligaría a destruir con sus propias maños todos esos mundos. Uno por uno; hasta que nos hagamos ricos, se lo había prometido.

Y, después de hacerlo incontables veces, solo quería quedarse en el próximo planeta que iba a desaparecer. Pero no era él quien había nacido con esa valentía.


Porque lo que nadie les había explicado es que les obligaban a borrar su memoria para no poder recordar en lo que se habían convertido. En monstruos.

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