Mátalo, al miedo o al diablo
Brujas. Eso es lo que sois, lo que siempre habéis sido.
Culpables, de que la tierra no gire al revés y de que el sol se esconda solo una vez al día.
Brujas, cada una de ellas. Todas.
Cuatro rostros tapados por la oscura noche, y por capuchas negras, rodeaban la hoguera que dejaba en el cielo marcas de humo. Se agarraban las manos dulcemente –o, al menos, de la manera más dulce que puede parecerte a ti, lector y mundano- y, lentamente, danzaban para la luz de la luna, que las iluminaba también. El quinto, y el sexto, aparecieron justo cuando el reloj habría marcado la media noche, pero justamente no lo hizo porque el tiempo había decidido detenerse. Sin explicaciones, sin leyes físicas a seguir. El planeta había dejado de rotar, y quizás sus satélites también. Todo parecía como si el caos estuviera entrando en nuestras casas, sin llamar antes al timbre.
Una de las mujeres se colocó en medio del círculo, ignorando el fuego casi extinto e introduciéndose en él, dejando ver así su cara demacrada por los años y la guerra. Sus facciones manifestaban temor, pero también esperanza; enojo, y ganas de venganza.
– Dicen que somos poderosas. Dicen que somos la oscuridad –gritó para todas esas a las que también las habían llamado brujas, aun así sin saber todo eso que eran capaces de hacer–. Dicen que podemos infundir miedo en los corazones de muchos –sin saber que podían detener el pulso de una persona solo con magia, y algún que otro truco–. Incluso se dice que el mismo diablo nos tiene miedo. –O quizás es que ellas eran el diablo, honorablemente.
Los vítores se escucharon esa noche, entre los árboles y debajo las cuevas. Como quien iba a derrotar al mundo, como quien ganaba a sus propios miedos.
Elly, la hechicera que había estado hablando o más bien gritando, silbó todo utilizando los dedos. Otra, que iba encubierta con una máscara y unos cuernos de cabra, se acercó trayendo consigo el sacrificio de esta noche.
– Gracias, Joan –pronunció. Cuando esta se retiró, Elly quitó la bolsa que llevaba el invitado especial en la cabeza–. Supongo que todas le conoceréis –haciendo referencia al joven, príncipe, quien no entendía qué suponía que estaba ocurriendo.
Tenían todos los ingredientes que les hacía falta ya preparados dentro de la olla, entre ellos el mismo ombligo de venus en forma de planta y frutas del bosque con residuos de pinturas de colores. Y claro, los gritos también formaban parte de la magia de esa posición, junto con la sangre.
– Seguramente para la poción solo necesitaríamos romperte las venas de la mano izquierda –le explicó–, pero no las tengo todas. ¿Sería suficiente la agonía, o para ello tendría que cortarte la cabeza, poco a poco?
No hubo tiempo para que llorase. Antes de que pudiera abrir la boca para formular sonidos, las primeras gotas de sangre ya descendían. Por su cuello, por la tierra, por las profundidades. Esto lo vais a pagar, había balbuceado previamente a dejar la vida. Y seguramente lo harían.
No sabría decirte si fue justo esa noche cuando la Tierra volvió a la normalidad, tampoco si fue gracias a la magia de esas mujeres. Simplemente lo hizo, se puso en movimiento, pero al revés.
En la horca.
El fuego entre las piernas, y el miedo en la garganta.
Si no encuentras al diablo, mátalo; pero, algo importante: hazlo antes de que te mate a ti.
Este es el texto que escribí para la preciosa antología de W, Aquelarre
(pulsad, leed, llenad vuestras venas de magia, a nada)
Ciertas vivencias son sólo para quienes las viven, no para ser contadas...
ReplyDeleteBrujas, todas ellas.
Saludos,
J.
Te leí en la Antología, te releo ahora y te volvería a leer mil veces más.
ReplyDeleteQué gusto, siempre.
(¿Podemos ser brujas y reírnos fuerte de todo?)
Te abrazo con todo mi Cantábrico,
S.